Ellam Onru Acción
 

Ellam Onru

 
Toda acción pertenece a Dios. Su Obra ha inscrito cada cosa en sus funciones individuales. Por Él los seres, animados o inanimados desempeñan su papel. Todas las acciones Le pertenecen.
 
Cada ser hace lo que le corresponde. ¿Qué tiene que ver Dios con esto? Nos interesaremos por los objetos inanimados un poco más adelante. Somos seres sensibles. Veamos en primer lugar quién es el autor de nuestras acciones. Todo el mundo desea mejorar su estado y trabaja para lograrlo. Pero los resultados difieren, aunque el objetivo y el trabajo sean idénticos. ¿Por qué esta diferencia en los resultados? Aquí Dios nos hace comprender que Él es el autor de la acción. De otro modo, todos los resultados deberían ser idénticos. Las diferencias de condición no explican nada: ¿acaso puede existir alguien que no desee mejorar su situación?. Sea cual sea su intención respecto a los demás, todo individuo es ciertamente honrado en su intención con respecto a sí mismo (por ejemplo: para mejorar su situación). Esto no impide que haya diferencias de condición entre uno y otro: todas las acciones son obra de Dios.
 
Todos los seres tienen la misma intención. No obstante, sus esfuerzos varían de uno a otro, así como sus estados. Una vez dicho esto, se impone una pregunta: ¿qué es el esfuerzo? ¿No es simplemente un concepto mental? Todos estos conceptos tienen el mismo origen, a saber, esa intención común a todos (de mejorar su situación). Entonces, ¿por qué este concepto mental del esfuerzo que hay que realizar difiere de un individuo a otro? Aquí también Dios nos enseña que todas las acciones Le pertenecen.
 
Si queda bien sentado que a pesar de la intención común, el esfuerzo varía según las capacidades individuales, se plantea la cuestión de saber qué es lo que condiciona a estas capacidades. El origen está en el cuerpo y mente. El ambiente también puede influir. Antes de hacer un esfuerzo hay que tener en cuenta todos los factores. Sin embargo, no tenemos un control suficiente de estos factores, que pueda hacer coincidir exactamente el esfuerzo con la tarea que hay que llevar a cabo. Todas las acciones pertenecen a Dios.
 
Ahora, si decimos que el cuerpo, la mente y el ambiente se ajustarán progresivamente a la tarea que hay que realizar, confesamos implícitamente la incapacidad inicial. Esto equivale a admitir que todas las acciones son obra de Dios.
 
¿Es bueno o malo que las personas no alcancen sus fines? Es ciertamente una buena cosa. ¿Por qué? La mayoría de las personas son egoístas; tú mismo puedes juzgar si su éxito es bueno o no para el mundo. Tal vez te preguntes entonces por qué no todos los esfuerzos de las personas no egoístas se ven coronados por el éxito. La mayoría de las veces, aunque en apariencia no sean egoístas, no carecen de defectos. Esto depende del Ego. Si el supuesto no egoísmo engendra una sensación de superioridad respecto a nuestros semejantes, Dios se encarga de frenar nuestros ardores y de recordarnos: "Vosotros también sois como los demás y soy Yo quien os gobierna". El verdadero representante de Dios está desprovisto de egoísmo y de ego. Como Dios brilla para siempre en él o con otras palabras, como la nube del ego ya no está ahí para ocultarle a Dios, todas sus intenciones se concretan. Es pues un hombre de "buena voluntad" (Satya Sankalpa, literalmente: "verdadera voluntad". Dios irradia directamente a través de él, en quien no hay tinieblas. Es el único que conoce la Intención Divina tal como es. Dios realiza a través de él el fin de Su creación. Todas las acciones son obra de Dios.
 
¿No existe al menos una de estas personas de buena voluntad o de verdadera voluntad? ¿Por qué el mundo no recibe la plenitud de sus bendiciones? Hay un secreto en todo esto: los Sabios que saben que todas las acciones son obra de Dios se consagran a hacerlo saber a los demás: no hay bien más precioso que este conocimiento: las acciones son obra de Dios, no nuestras. Este conocimiento contiene en sí todas las bendiciones. Por eso el propósito de los Sabios es iluminar a los demás con la ayuda de su conocimiento de Dios y Sus acciones. No dicen, "¡Conoce a Dios inmediatamente!", sino que enseñan las vías y los medios del conocimiento y animan a las personas a seguir el camino recto. Eso es todo. No dicen: "¡Libérate al instante!", ya que el común de los mortales es incapaz de ello. Los Sabios no instan a Dios a "liberar a la gente inmediatamente", puesto que carecen de ego y saben: "Dios sabe lo que tiene que hacer, y lo hace; ¿qué más podría yo pedirle?". Así, tan sólo desean cumplir con su deber, sin recoger ningún fruto. Han comprendido que sólo Dios distribuye los frutos de sus acciones. Observan simplemente la evolución de las cosas en el mundo, desempeñan su papel y nunca piensan en recrearse un mundo para sí, que no sería más que una forma de egoísmo. La Creación es exactamente como debe ser. Todo está en orden. Todas las acciones son obra de Dios.
 
Sabiendo que sus actos están subordinados al Poder Divino, ¿cómo podrían considerar la posibilidad de actuar de mala gana? No, ni siquiera se les puede ocurrir. Harán su trabajo como un deber. Las escrituras dicen: "Haz el trabajo, pero no pienses en los frutos". Al igual que la cólera escapa inconscientemente al control de un hombre aun cuando éste esté decidido a no encolerizarse y a permanecer en calma, también a los Sabios de intención verdadera (Satya Sankalpa) les pueden disgustar las injusticias aparentes del mundo y pensar sin darse cuenta: "Dios, haz que se produzca el bien". Entonces el bien se producirá con toda seguridad y esto es lo que explica los acontecimientos extraordinarios que tienen lugar en el mundo. Los grandes transtornos son resultado de un deseo oculto en la mente de un Sabio. Es la ley de la naturaleza. ¿Quién puede cambiarla? Todas las acciones son obra de Dios.
 
Suceda lo que suceda, está en el orden natural de las cosas. Por lo tanto es justo. Todo lo que sucede, sucede por Su acción. En este sentido, no es falso pensar que "es Él quien hace robar al ladrón", puesto que a la hora del castigo también es Él quien hace sufrir al ladrón por su delito. Ni más ni menos. No debería haber hostilidad contra el ladrón. Tal es el fruto del conocimiento de que todas las acciones son obra de Dios. Pero, aunque no haya hostilidad hacia el ladrón, nuestro rechazo hacia el acto de robar permanece. Esto también es resultado de nuestro conocimiento de que todas las acciones son obra de Dios. ¿Cómo? Porque al propio ladrón no le gusta el robo: No se quedaría tranquilo si sus bienes le fueran robados por otro. No hay nadie que ignore que el bien es bueno y el mal es malo. Por eso el conocimiento de que todas las acciones son obra de Dios es lo que puede suscitar un comportamiento correcto en el mundo. Nuestro conocimiento se extiende más allá. Sólo podemos repetir lo que conocemos, sin preocuparnos por lo que está más allá de nuestro conocimiento. Esto también es obra de Dios.
 
Entre los frutos del conocimiento que Dios nos concede está el que nos enseña que todas las acciones son obra Suya. Nuestra impotencia nos impulsa a preguntar. "Dios, ¿por qué actúas así?" Todas las religiones admiten este mismo estado de impotencia. Como los frutos de nuestros actos no corresponden a nuestros deseos, en otras palabras, como nuestros poderes son limitados, no podemos hacer más que inclinarnos y constatar que todas las acciones son obra de Dios.
 
Esta ley que nos gobierna se aplica también a los objetos inanimados. No estamos más favorecidos que ellos. Todo es Uno. Los que no admiten que todas las acciones son obra de Dios no pueden sino reconocer sus propios límites. Incluso esto es obra de Dios.
 
 
 

 

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